En mi imaginario
colectivo, la década del sesenta del siglo pasado fue una mescolanza efervescente
de ideas nuevas, de psicodelia, ácidos, de Woodstock, de hippies, de música pop, de experimento, de protestantes de una guerra estúpida, del mayo
francés, Martin Luther King, de mensajes de paz, Bob Dylan y
su blowin’ in the wind, Koudelka y su reloj de Praga.
Los sesenta representaron para mi una década
de inflexión donde los más jóvenes comenzaron a tener más voz y voto y las
ideas radicales y revolucionarias brillaron como también las utopías.
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| Londres 1958 - 1959 © Sergio Larraín |
Dentro de ese contexto,
hubo una historia que penetró transversalmente por esa década que dejó una
estela mágica, sutil.
Todo comenzó cuando, una tarde de principios de
los sesenta se encontraron en un café de Montmartre de París, el gran fotógrafo chileno Sergio Larrain con su amigo, el escritor
argentino Julio Cortázar.
Allí, entre el humo y el griterío habitual de los parroquianos, Larrain le contó un extraño episodio reciente. Mientras realizaba un trabajo fotográfico alrededor de la iglesia de Notredame, Larrain había capturado una escena imprevista de la que sólo se dio cuenta al revelar el material.
Allí, entre el humo y el griterío habitual de los parroquianos, Larrain le contó un extraño episodio reciente. Mientras realizaba un trabajo fotográfico alrededor de la iglesia de Notredame, Larrain había capturado una escena imprevista de la que sólo se dio cuenta al revelar el material.
Esta historia inspiró a
Cortázar para realizar un cuento que lo tituló “Las Babas del diablo”. Publicado
en 1964, el cuento narra la historia de Michel, un fotógrafo de París, que acaba de presenciar un asesinato
sin saberlo. Sólo se da cuenta de ello, al ampliar el negativo en su
laboratorio.
Esta dicotomia realidad / ficción que se mezcla a través de una imagen es lo que Constantine Manos explica en su conferencia en la George Eastman House en el 2010: transformar lo ordinario en extraordinario, lo real en surreal .
En ese sentido Larrain al igual que Cortázar lo habían interpretado como Manos, esa tarde en el café de Montmartre. Y ese legado, en parte mágico y maravilloso, es la materia prima irracional, imprevisible que tienen las instantáneas y, en definitiva, la street photography.
Un tiempo después, el
director italiano Michelángelo Antonioni tomó la historia del cuento para realizar Blow-Up, un film que marco otro punto de inflexión en los sesenta en la forma de narrar cine.
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| Clquear en la imagen para ver el video de una escena de Blow up (1966) |
Cortazar ya nos dejó hace un poco más de un cuarto de siglo. Ayer, se nos fue Larrain y este es uno de los tantos legados de este gran fotógrafo chileno que quiero compartir con vosotros.
Un abrazo y hasta el viernes!!
Un abrazo y hasta el viernes!!

