Miradas Cómplices constituye un laboratorio de ideas, de reflexiones fotográficas e imágenes que, quizás, encuentren vuestra complicidad.

Translate

Mostrando entradas con la etiqueta Bolivia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Bolivia. Mostrar todas las entradas

miércoles, 19 de enero de 2011

Cáceres, la villa de los mil y un escudos


Escudos - Cáceres - España

 Una de las principales características de esta antigua ciudad extremeña y que me llamó la atención poderosamente, apenas puse un pie en el casco antiguo; fueron los escudos que decoran las fachadas de los palacios medievales.
Llegué a contar más de cincuenta blasones familiares que representan la distinción y aristocracia de una clase privilegiada.
Es importante remarcar que estos derechos de privilegio tuvieron su origen en las fortunas que acumularon estas familias, provenientes de las riquezas sustraídas de América durante la conquista. Y en muchos casos, se enriquecieron a costa de los desventurados mineros que extraían plata día y noche dejando sus vidas en los huecos insalubres del Cerro Rico de Potosí.
Y por esas paradojas de la historia, tanto Cáceres como Potosí son, hoy en día, Patrimonios de la Humanidad.





Y muy a pesar de todo esto, la ciudad tiene una historia tan extensa que comienza en los prolegómenos de la era cristiana.
Norba Caesarina tal como la bautizaron los romanos en el 27 a. C., tuvo desde un principio un carácter guerrero. Desde su fundación fue una fortaleza amurallada y luego bajo la dominación árabe y por último cristiana, Cáceres fue siempre un énclave militar.
Más allá de las iglesias barrocas y otros inmuebles antiguos, los árabes dejaron evidentes huellas que se pueden observar tanto en su muralla como en los asombrosos restos de agua subterránea en el Palacio de las Veletas erigido sobre el antiguo alcázar árabe.

Murallas - Plaza Mayor - Cáceres - España

Alcázar árabe - Pañlacio de las Veletas - Cáceres - España
En 1229 llegó la Reconquista de la mano del rey Alfonso IX de León, pero no la paz. En esa época nació una orden militar que servía para proteger a los peregrinos que iban a Santiago de Compostela.
Tierra de conquistadores, Cáceres era el epicentro de todo ello. Y no me costó imaginar, mientras caminaba hace poco por allí, los fantasmas de Francisco PizarroVasco Nuñez de BalboaFrancisco de Orellana pasear tranquilamente por las empedradas calles.
Y tampoco me costó imaginar como estos conquistadores de escudos aristocráticos ponían sus planes viajeros a punto, para lanzarse con una ambición desmedida en esos tremendos viajes de ultramar hacia el Nuevo Mundo descubierto por Cristobal Colón.
Y que mal o bien, cambiaron la historia de América.

Cáceres - España


martes, 21 de septiembre de 2010

¿Vale un Potosí? diría ahora Cervantes..

Cerro Rico - Potosí
Hace 48 años siete mineros asturianos comenzaron un heroico paro en protesta a las paupérrimas condiciones laborales, y, a la que pronto, se les sumaron otros 40.000 trabajadores.
Esa gesta – contada, entre otros, por el escritor Jorge Martinez Reverte en su libro La Furia y el Silencio – marca un punto de inflexión en la lucha obrera en España.
Y la batalla aún no ha cesado como lo demuestra la actual crisis de las nuevas generaciones de mineros asturianos, dedicados a la extracción del carbón,  que salen a la calle a denunciar sus problemas y realizan movilizaciones multitudinarias a Oviedo, la capital de Asturias.
Aunque los resultados de todo ello pueden ser dispares, lo concreto es que no hay indiferencia en la opinión pública, son escuchados por alguien, tendrán eco en los medios. Esos casi 50 años de lucha los amparan.
Pero muy distinto es el destino de los cientos de mineros que trabajan en condiciones infrahumanas en el Cerro Rico de Potosí.
Ahora parece que el gobierno boliviano quiere cerrar la mítica y agujereada montaña, promover dicho lugar como patrimonio de la humanidad sin importarles como se van a ganar la vida esos trabajadores que subsisten, hoy en día, en forma de cooperativas y del turismo minero.
La historia comienza en el siglo XVI. Wikipedia les explicará mejor que yo toda esta desventura colonial. (Socavones de la Angustia de Fernando Ramírez Velarde es una variante literaria más rica de este melodrama que viven los mineros en Bolivia o Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano).
Básicamente, toda la historia minera boliviana es un compendio de explotación y sumisión más que de lucha obrera. Y ni siquiera durante el siglo XX,  los mineros han logrado grandes avances en derechos, calidad de trabajo y salarios. Siguen viviendo igual que antes o peor como lo demuestran las últimas noticias sobre los niños que trabajan en las minas.
Yo estuve hace unos años en Potosí y conocí el Cerro Rico, llevado de la mano de algunos guías - mineros que se ganan la vida mostrando la dura vida de sus compañeros en esos socavones donde el aire es irrespirable y maloliente.
Recuerdo que el guía que nos acompañaba nos pedía que llevemos algún refresco para regalárselo a algún minero. Al preguntarle si podíamos llevarles también galletas o comida, él se negó rotundamente. “No quieren alimentos, no tienen ganas. Están todo el día mascando coca y están acostumbrados a no comer”.
Hace unos meses publiqué en este blog,  un relato: ¡Cuidado Gringos, háganse a un lado! que describe un poco el surrealista paisaje que viví en la otrora gran ciudad de la plata y del estaño.
En esta ocasión,  deseo compartir con ustedes algunas imágenes de esa visita. Algunas instántaneas de estos trabajadores que a primera hora del día, esperan ansiosos en la plaza de armas de la ciudad que los seleccionen para trabajar en el Cerro Rico. Y así ganar unos 5 euros en 14 horas de trabajo al día.

Esperando que los seleccionen - Potosí - Bolivia
Los trabajadores seleccionados son transportados hasta las inmediaciones del cerro y allí se preparan para el duro trabajo en las profundidades de la mina.
Potosí - Bolivia
Todos, sin excepción,  como lo muestra la imagen de abajo, antes de comenzar a trabajar se introducen en su boca una importante cantidad de hojas de coca y la masticaran por largas horas. 

Potosí - Bolivia
Hace años que las mujeres ya no trabajan en el interior de las minas. Pero en los alrededores, algunas viudas de mineros fallecidos en el cerro,  buscan diariamente, en los residuos de las excavaciones, algunos minerales nobles que después tratan de venderlos en la ciudad.

Manos de una viuda - Potosí - Bolivia
 Miguel de Cervantes en su obra clásica Don Quijote de la Mancha acuñó el dicho español: Vale un Potosí que significa que algo vale una fortuna. La vida de estos mineros, ¿vale un Potosí?
Potosí - Bolivia

sábado, 24 de julio de 2010

Africanos en Bolivia

Durante el siglo XVI y coincidiendo con el apogeo de la colonización española, llegaron a Bolivia los primeros esclavos negros provenientes de Africa Subsahariana para trabajar en las minas de Potosí. Los explotadores sabían que si el negocio no prosperaba, los podían vender en cualquier momento ya que tenían gran valor de cambio.
Fue así que dos siglos después, al decaer el negocio de las minas, los descendientes de aquellos primeros africanos fueron cedidos a los hacendados de las plantaciones de café en los Yungas. Y allí se quedaron para siempre. En esa zona de transición entre el Altiplano y la selva tuvieron una mejor adaptación que al frío y la altura de los Andes. El clima es agradable todo el año, con una leve humedad subtropical que alimenta una tupida vegetación surcada por ríos torrentosos, cascadas y una variada fauna.
Hoy en día, en esta región se concentra casi toda la población afroboliviana del país estimada en unos 35.000 personas y una de las comunidades más representativas es Tocaña.

Tocaña. Al fondo Coroico - Las Yungas - Bolivia

Más que un pueblecito, Tocaña es un invertebrado asentamiento de pequeñas casas blancas hundidas en medio de la espesura selvàtica a escasos kilómetros de la capital de la región: Coroico, considerada la entrada a la producción de la coca en Bolivia.



Sus pobladores, originarios de Senegal, Ghana, Angola y el Congo, siguen trabajando en los cafetales y el cultivo de frutos tropicales como cítricos; sin embargo,  la mayoría dedica sus esfuerzos a la producción de la coca. Para eso han creado una cooperativa comunitaria y, a través de ella, venden su producción de forma legal a establecimientos mayoristas ubicados en Coroico. Para transportarlas colocan las hojas de coca recolectadas en grandes bolsas a un quintal cada una (100 kilos : 1 quintal).

                                                              Bolsas  de coca, listas para vender
Es interesante destacar la historia de un humilde trabajador de coca que algunos años atrás estudió en la escuela de Coroico y hoy es el único maestro y director de la pequeña escuelita de Tocaña. Los niños - por lo que he visto en la visita que hice - realmente lo adoran. Luego el maestro me llevó a una pequeña habitación donde posee una biblioteca básica y algunos ordenarores con los que intenta educar a los niños pero también a la gente mayor de la comunidad.


También han propulsado,  principalmente a través de la ong Ayuda en Acción,  la construcción de un centro cultural artesanal:  espacio físico donde pueden traducir, transmitir y ordenar su cultura aún no reconocida por la Carta Magna del país. Una especie de museo dinámico que les sirve para expresar libremente su manera de ser.

sábado, 26 de junio de 2010

El Big Bang incaico

   Antes de la llegada de los conquistadores españoles, había un lugar en el lago Titicaca que era un sitio de veneración religiosa muy importante para varias civilizaciones precolombinas. Me refiero a la Isla del Sol.
   Pero como en un “eterno retorno” como profetizó Nietzsche;  la isla Titicachi - tal como se la conocía en el reinado de los Tiahuanaco - sigue siendo un lugar de peregrinaje pero esta vez de turismo masivo.
   Diariamente, cientos de personas cruzan en barco desde el pequeño y pintoresco puerto de Copacabana para “peregrinar” por “la isla más grande del lago navegable más alto del mundo”. Ese es el slogan  que utilizan los operadores turísticos y es una visita obligada si se anda por la zona.      
   Pero a pesar de todo este “in crecendo” aparato de publicidad montado a su alrededor, la Isla del Sol aún mantiene ciertos encantos que me hace pensar en lo que fue durante el pasado precolombino. 
Cuenta una leyenda muy arraigada en los pueblos andinos que un diluvio ocurrió hace siglos y luego la oscuridad se apoderó del mundo conocido. Durante ese tiempo conocido como el “Chamacpacha”  (chamaca = oscuridad y pacha = tiempo en lengua aymará) los dioses se refugiaron en un lugar situado al norte de la isla conocida como Roca Sagrada y allí dieron origen al mundo. Como en una suerte de Big – Bang incaico, los dioses construyeron un templo consagrado al Sol y a la Luna y, hoy en día, los vestigios de tal celestial creación se pueden ver en las ruinas del otrora palacio llamado Pilkokaina o Templo del Inca.
Alberto,  un guía boliviano que me acompaña durante la caminata,  me dice que el lugar fue destinado para los momentos de meditación o de iniciación de los sacerdotes ligados al culto a Inti, el dios del Sol.
   Y el encanto del lugar parece inalterable, propicio para disfrutar del silencio y  la tranquilidad. Desde allí a lo alto, el Titicaca se observa diáfano y poderoso mientras unos niños, de repente, te invitan a dar un paseo con las llamas por un puñado de bolivianos (moneda de Bolivia).


  Con zapatillas adecuadas, ganas y en tan sólo un día recorremos sin grandes dificultades técnicas la isla. Así, nos encontramos con algunos bonitos parajes entre impactantes e ingeniosas terrazas de cultivo junto al mar como se ve en la siguiente imagen


  Pero lo mejor de esta pequeña excursión es conocer locales quienes se muestran amables,  atentos y en todo momento me dan la sensación de estar orgullosos de su tierra.
   Los pobladores de origen quechua o aimara subsisten de la pesca, los trabajos agrícolas y por supuesto del turismo tanto en la isla como en Copacabana.  
Y la caminata se hace amena hasta que al despuntar el día conozco a Don Camilo que, según me confesó: nació allí hace 70 años. 
  El aún pescador habla castellano pero los sonidos que salen de su boca son entrecortados y apenas se le entienden las vocales. Al comentarle que no le comprendo muy bien, se disculpa; pero me da la sensación que no esta sorprendido. Quizás muchos visitantes le han preguntado lo mismo. "Lo que pasa es que se me mezcla con aimara  señala Camilo que vive junto a su familia en la hermosa  Bahía Kona.


Don Camilo

Hija de Don Camilo

La Bahía Kona y su muelle:

Ya cuando el sol se esconde detrás de las colinas, los pescadores suelen salir a pescar por la bahía...

Bahía Kona
   Finalmente decido pasar la noche junto a ellos. Y al otro día emprendo con cierta melancolía el retorno a Copacabana pensando en lo triste que será todo si no protegen como es debido esta isla; que con este ritmo descontrolado de turismo podría perder ese encanto que aún a cuentagotas perdura.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Tras las huellas de la Laguna de Jarayes

En Bolivia pasa lo mismo que en India. El turismo de masas se mueve por ciertos gustos y regiones estandarizadas. Y también ciertas modas estimuladas por agencias, revistas de turismo, TV y también el cine.
Las semejanzas invitan a la reflexión.
En India el turista convencional viaja básicamente por el llamado triángulo de oro: Khajuraho – Agra – Varanasi. Aunque ahora cabría la posibilidad de incluir a la populosa Bombay debido a la extraordinaria repercución que tuvo la película ganadora de un Oscar en el 2009: Slumdog Millionaire.
En Bolivia ocurre algo parecido al subcontinente indio. Sus perlas andinas atraen a la mayoría de los que visitan este país. Empiezan por el Salar de Uyuni, luego van a las minas de Potosí y terminan en la también populosa ciudad de La Paz a 3.500 metros de altitud. Yo también lo he hecho queridos lectores…
A esta altura quiero dejar esta comparación y deseo centrarme en otra vertiente para salir de este triángulo andino:  la zona oriental de Bolivia.
Una posibilidad de este abanico geográfico es viajar en un folklórico tren desde Santa Cruz de la Sierra y tomar como punto de partida de excursiones y senderismo al poblado de Roboré . Allí,  los casi salvajes lugares de los alrededores se tutean con huellas jesuíticas de la conquista española.
En Roboré podemos decir que nos encontramos cerca de las puertas del Gran Pantanal o como lo llamaban en la época de la conquista: la laguna de Jarayes.
Efectúo otro salto simbólico y dirijo mi mirada hacia dos lugares en especial. Ya se habrán dado cuenta que  no es mi intención hacer de esta nota un conglomerado de lugares y sitios para visitar. Eso lo pueden desarrollar mejor que yo las guías de viaje.
Pero repito:  quiero detenerme en estos dos lugares porque son únicos en su tipo, no los visitan mucha gente aún y  porque la pase muy bien.

Niños menonitas - Aguas Calientes - Bolivia

El primero de ellos es Aguas Calientes. Ubicado sobre una de las orillas del río del mismo nombre, este paraje debe su fama a sus aguas movedizas, calientes y de propiedades curativas, termales. Situado a pocos kilómetros de Roboré, este spa natural es sólo visitado por brasileros provenientes del Mato Grosso, lugareños y también menonitas. Cuando yo estuve, una familia numerosa de ellos pasaron sus vacaciones en este lugar en un improvisado camping al lado de la playa más concurrida llamada El Buriño.
Lo que pasa allí es increíble. Luego de entrar al agua (consejo: ir de a poco porque la temperatura es alta) las arenas movedizas te tragan literalmente hasta la cintura. Unos segundos después sentís una corriente de agua que proviene de unos pequeños geyseres subterráneos, te expulsan hacia arriba y todo vuelve a la normalidad.





El segundo lugar para visitar (siempre a bordo del mismo folklórico tren) es la frontera a través de Puerto Suárez (Bolivia) y Corumbá (Brasil). Esta región no es sólo un paso fronterizo más. Es el polo económico más importante del Gran Pantanal, el humedal más grande del mundo.

Corumbá - Brasil
Y por entre estas dos tranquilas ciudades pasa uno de los principales ríos de América del Sur, el Paraguay. Este río al no tener ninguna central hidroeléctrica en su curso lo convierte en navegable desde allí hasta Argentina y se erige como un importante corredor comercial entre varios países.

Rio Paraguay - Corumbá - Brasil

viernes, 19 de febrero de 2010

Un salar en el techo del mundo: Uyuni

Hola amigos...hoy el frío, la tramontana ampurdanesa y el recorte de viajes debido a la crisis me pone un poco melancólico y también soñador.
Solo el deseo de hacer una nueva travesía me lleva a releer mis viejas crónicas que tengo guardadas en el disco duro del ordenador. Y así, de esta especie de cuaderno de viajes virtual, extraigo una que quiero compartir hoy con ustedes.
A continuación transcribo el relato, escrito con un tono muy periodístico de mi travesía por el Salar de Uyuni que realicé en el 2006 y me acercó a una naturaleza realmente conmovedora:


"Viajar por el altiplano boliviano, lo confieso, es una aventura imperdible. No sólo por el aire escaso de la gran altura o por el insoportable frío de las noches. También por los continuos paros de transportes, aumentos diarios de pasajes o caminos recién clausurados. En ese sentido viajar por la gran meseta sudamericana se presenta como una verdadera odisea llena de incertidumbre.
Apenas cruzo la frontera desde La Quiaca me entero que hay un paro nacional de trenes. Sin embargo con mucha fortuna consigo un pasaje para esa misma noche en un destartalado bus que me lleva a Tupiza, ubicada a sólo 80 km.
Pero el motor del antiguo transporte no soporta la altura y nos deja varados en medio de la nada. Horas después nos rescata otro bus y exhaustos llegamos a la madrugada a esta ciudad conocida por las andanzas que a principio del siglo XX protagonizaron los más famosos bandoleros del oeste americano, Butch Cassidy y Sundance Kid que buscaban hacerse ricos con las minas de plata.




Tupiza © Marcelo Caballero
Tupiza © Marcelo Caballero Considerada la puerta de ingreso turístico del sur, Tupiza obra como una escala casi obligatoria para todos los que quieren ir al salar más alto y más grande del planeta: Uyuni. Toda una mañana regateé precios en oficinas de viajes del centro hasta que finalmente consigo una razonable travesía hacia ese remoto e inhóspito paraje, resto de un mar que llenaba todo el altiplano hasta el Lago Titicaca y en el curso de muchos millones de años, desapareció. Y los restos son hoy los del salar.

Rumbo a las lagunas de colores

“Iremos hacia el sudoeste en dirección el volcán inactivo de Licancabur ubicado junto a la frontera con Chile” explica Freddy, nuestro guía local.
Los 500 km. que recorremos no son para nada aburridos. Atravesamos grandes extensiones de tierras de poca vegetación. De vez en cuando manadas de llamas o de vicuñas se paran curiosas al vernos pasar. Y también hacemos pequeñas escalas en poblados de no más de 100 personas donde los lugareños se dedican al pastoreo o a la comercialización de lana de llamas muy codiciados en los mercados artesanales de Uyuni o Tupiza.
Con sus casi seis mil metros de altura, el Licancabur nos señala que nos acercamos a la Laguna Verde. Fredy nos cuenta que la coloración verde esmeralda de sus 17 km² de masa acuática se debe al alto contenido de magnesio, un mineral muy común en la región. El GPS del vehículo marca 4350 msnm. Y por un largo rato nos olvidamos de un reciente inconveniente mecánico y los lunares paisajes del entorno acaparan toda nuestra atención.




Laguna Verde © Marcelo Caballero Durante las noches – nos explica Fredy – la temperatura baja hasta los 30 grados bajo cero. ¿ Se imaginan, no? pero debido al calor volcánico las aguas del lago nunca se congelan”.
A lo lejos, en el medio de la laguna, centenares de flamencos andinos descansan. Esta exclusiva especie que sólo vive allí está protegida por el Parque Nacional Eduardo Avaroa creado en 1973.
Un tiempo más tarde salimos hacia un control aduanero y luego de la inspección, el camino volcánico nos lleva cuesta arriba por espacio de 80 km. hasta el punto más alto de nuestra travesía: 5000 msnm. Entonces, hacemos una parada obligada y salimos a recorrer el sitio. “!Qué mal que huele todo esto!” me dice Maayan Ben-Or mi amigo israelí. Investigamos entonces de donde viene tan penetrante hedor. Pronto, nos sorprendemos caminando por un campo geotérmico activo con ojos de fango borboteando vapores sulfurosos: “ahhhh, ¡ de acá viene el maldito olor!” me dice Maayan tapándose la nariz.
A pocos metros detectamos un orificio inmenso que como una entrada al infierno despide grandes cantidades de vapores blancos. El guía nos señala que se trata del geyser “Sol de mañana”. Maravillados nos quedamos un buen rato.



Maayan en el Sol de Mañana © Marcelo Caballero
En las cercanías se encuentra el Campamento Ende al que arribamos poco después cansados pero felices. Allí hace mucho frío y después que el sol se va ya no se puede estar al aire libre ni por un minuto.
Durante la mañana siguiente surge otro inconveniente. Encima del techo del vehículo tenemos un depósito para cien litros de gasolina. Pero con las temperaturas tan bajas, es imposible fijar la manguera en el empalme que va al tanque de la camioneta. Con mucha paciencia tuvimos que calentarlo y reblandecerlo con una vela. Solucionado el tema partimos muy retrasados hacia otro de los hitos del viaje: la laguna Colorada.
Este lago, que debe el color de sus aguas a los sedimentos de zooplacton, fitoplacton, produce un colorido contraste con el entorno. Conocido también como el “Nido de los Andes”, cobija a más de 30.000 flamencos de tres especies diferentes y lo convierten en una de las mejores zonas del mundo para su observación.



Laguna Colorada © Marcelo Caballero Aún nos faltan 200 km. más para llegar a las inmediaciones del salar. Dejamos atrás el fabuloso lago y nos internamos en un camino que bordea la frontera con Bolivia. A medida que avanzamos, otros milagros de la naturaleza aparecen ante nuestros ojos. Como Pampa Siloli, una llanura infinita y solitaria, que no tiene nada de fauna ni flora pero nos contentamos con observar los impresionantes cerros y volcanes que nos acompañan.
“De noche este desierto – comenta el guía mientras señala las centenares de huellas marcadas sobre la gris arena – se convierte en una supercarretera de camiones que van y vienen. Se contrabandea de todo hacia Chile”. Y las maravillas siguen. Pero tenemos que apurar la marcha. Rápidamente dejamos atrás el lugar y comenzamos a bajar de altura. Pasamos por una serie de lagunas menores (en superficie, no en belleza) pero con nombres curiosos: Honda, Chiar, Hedionda y Canapa. El atardecer nos sorprende junto al Volcán Ollague y a los pocos kilómetros alcanzamos la Villa Martín donde descansaremos.
Por primera vez en la travesía nos alojamos en un hotel construido totalmente de sal. Allí nos enteramos que el albergue tiene un generador que produce electricidad, pero no calefacción. No hay problemas para el grupo. Por eso nos preparan una cena muy nutritiva y calorífera basada en arroz con quinua (cereal de origen incaico) y carne de llama. Y un viejo barril devenido en estufa actúa como perfecto fogón para después de la cena y aprovechamos ese momento para contarnos historias y anécdotas.
El resto de la casa permanece en el frío. Sin embargo las camas (bloques rectangulares de sal) tienen temperaturas muy agradables con colchones con mucha espuma y diversas cubiertas de lana.
Al día siguiente aún de noche nos preparamos para entra al salar. La amable dueña del hotel nos sirve un buen desayuno con mate de coca. Y nos explica que en el aire tan enrarecido, la coca es un componente muy importante en la vida de ellos. El mate anima la circulación sanguínea y favorece la formación de glóbulos rojos que abastecen el cerebro con oxígeno para evitar el soroche (la enfermedad de la altura).

El salar de Uyuni

El gran salar nos da la bienvenida a unos 3.700 msnm. y su enorme llanura plana y blanca de colosales dimensiones (12.000 kilómetros cuadrados) no parece brindarnos ningún punto de orientación.
Sabemos que hay que tener mucho cuidado en el ingreso ya que en sus orillas y por varios kilómetros existen numerosas ensenadas bastante fangosas. Si no encontramos pronto la plataforma de entrada corremos el riesgo de atascarnos en los fangos salados. A esto hay que agregarle una multitud de “ojos”, pozos bastante profundos, que debemos esquivar por todos lados.
Mientras esto ocurre, amanece y hacen 15 grados bajo cero. El cielo es de un azul profundo como pocos y la llanura de sal se muestra bien blanca, brillante.
Finalmente el conductor localiza una parte sólida del salar y mientras ingresamos nos comenta que estamos viajando sobre 6 metros de sal, bien pura y granítica. Eso nos tranquiliza pero enseguida añade que “ahora viene la parte más difícil. Debemos orientarnos”.



Salar de Uyuni © Marcelo Caballero
Por el efecto de la encorvadura de la tierra y las distancias tan largas, la brújula no puede ayudar mucho porque sólo indica un punto cardinal. El hecho de viajar casi 100 km. a través de la nada con la obligación de encontrar un punto es todo un tema. Para evitar perdernos, el conductor utiliza el GPS. Ahora estamos muy solos con esas incertidumbres y encima, una hora después, comenzamos a transitar por una superficie con 30 cm. de agua. Ya no se puede detectar ninguna huella y las dudas van creciendo.
Tensos, durante más de una hora, nos aferramos al horizonte en busca de una referencia hasta que el conductor salta del asiento “¡Allá hay algo!, ¡parece un montículo! dice Luis. La flecha del GPS también lo ha visto. Entonces estallamos de alegría y entusiasmo ante la noticia.
Resulta difícil encontrarnos en el medio de la nada con una isla donde crecen cactus de hasta 6 metros de altura. Confieso que Cujirí más conocida como Isla Pescado me pareció espectacular. La superficie de granito y tierra orgánica permite que esta especie de cactus gigante pueda desarrollarse dentro de un ecosistema muy especial.
Después de subir a la cima de la isla, abandono a mis compañeros por un rato y disfruto de la soledad contemplando desde allá arriba 360 grados de sal. El silencio y la tranquilidad me envuelven. Una sensación casi religiosa de armonía se adueña de mi corazón. Vale la pena estar allí a pesar de los inconvenientes del viaje.



Isla Pescado © Marcelo Caballero
Con la referencia de la isla es más fácil salir del salar. Siempre en dirección al este llegamos al único hotel de sal dentro del gran salitral. Hotel del salar © Marcelo Caballero
Paramos un ratito para conocer sus instalaciones y seguimos viaje hasta las inmediaciones del pueblo de Colchani donde los locales trabajan en la producción de sal.
Nos impresiona en las pobres condiciones que trabaja esa gente.
Trabajadora de Colchani © Marcelo Caballero
Nucleados en pequeñas cooperativas familiares, todos los días, bien temprano, amontonan con sus palas colinas de sal, las desaguan y las llevan en camiones hasta el pueblo. Allí las limpian y las dejan secar al sol. Por último las envasan y las venden a un monopolizador consorcio norteamericano. Cada obrero cobra alrededor de cinco dólares por más de 15 horas de trabajo diario. Curioso, deseo saber porque usan siempre pasamontañas y gruesos guantes de lana. Un joven trabajador accede y me muestra sus manos y cara quemadas por las terribles inclemencias del tiempo y la sal.

Manos de sal © Marcelo Caballero Con esas conmovedoras imágenes en la mente llegamos a Uyuni, ubicada a sólo 20 km. de allí. De esa manera esta minera ciudad boliviana obra como punto final a nuestra travesía por el techo del cielo.

viernes, 22 de enero de 2010

¡Cuidado gringos, háganse a un lado!


Casa de la Moneda - Potosí © Marcelo Caballero

A medida que la mañana transcurre, sus luces peregrinas blanquean sin apuro las sombras del colonial y decadente patio del Hotel Potosí.
Impaciente, quien viaja prepara unos mates en una mísera cocina. La cacerola comienza pronto a hervir y considera que el desayuno ya está listo. Y también está preparado para escribir. Para canalizar como una terapia sus vivencias.
Entonces desea ponerle punto final al recuerdo de esos oscuros túneles.
En unos minutos toma ánimo y mientras degusta de sus mates, bosqueja algo en su cuaderno de viajes:
La oscuridad está latente. Se entremezcla hasta en mis más íntimos pasos. Las envolventes sombras que titilan en los negros huecos vierten sudor, mucho sudor a mi corazón.
Y la sensación es alucinada. A pesar que el siglo XXI emerge como la centuria de las nuevas tecnologías, la visita a las minas de Potosí me provoca extrañas ambigüedades y ciertas frustraciones culturales. Un espacio descolorido, de triste pasado aún vigente.
Me acuerdo de aquel vozarrón….“Cuidado gringos, háganse a un lado” vociferaba Jaime y el imperativo de ese guía minero aún retumba lacerante en mi cabeza.
Recuerdo que esa orden no era para nuestro grupo. Sino para un contingente de rubios turistas nórdicos que venían pisándonos los talones. En ese momento pensé en los deseos ocultos que llevan a esos jóvenes del primer mundo con buena calidad de vida a hurgar por esos túneles llenos de olor a muerte.
Lo cierto fue que en ese instante de divagaciones irrumpieron por la galería unas sombras estropeadas por el escaso oxígeno del lugar y pasaron frente a nuestras narices sin vernos. Unos metros más adelante pararon y comenzaron a cargar piedras y más piedras residuales ante nuestra sorprendida mirada turística.
Recuerdo sus mejillas hinchadas por la coca. Recuerdo como esos pobres obreros metían en el carro cientos de kilos de dura tosca en pocos minutos sin decir una palabra como si fueran decadentes robots. Finalmente cuando terminaron, dos mujeres del contingente europeo que no llegaban a los 20 años se acercaron con timidez y pusieron junto al vagón de carga, unas botellas de Coca Cola y varias bolsas de nylon verde con hojas de coca en su interior. Aquella imagen sacada de contexto suena en mi cabeza como un duro encontronazo de historias, de divergentes e hirientes caminos culturales.
Y pienso en dónde estarán sus pensamientos, sus ilusiones, las extrañas razones que los llevan a arrastrar carros y más carros por más de 12 horas de trabajo diario, de infrahumana vida subterránea. Y por sólo 5 dólares diarios venden su alma a la sierra llamada Rica. Rica de metales pero también de gases tóxicos que dejan sus pulmones llenos de ironías. Sarcasmos de este capitalismo tardío que impregna de muerte en vida a estos mineros..”
-
“¡Vamos, hombre! que nos tenemos que ir!!.. “¡Vamos, argentino!” . Levanta la vista y ya no puede escribir más. Los sonidos amigos que provienen de la puerta de entrada del viejo hotel resuenan en sus oídos como un alivio. Un involuntario respiro.
Piensa que así son los viajes, una sensación lleva a otra, de un momento triste a otro banal, alegre. Constantes del devenir, de las incertidumbres.
Mientras camina distraídamente por las calles de Sucre no puede dejar de pensar en las páginas de una vieja edición de los Socavones de la Angustia que terminó de leer en el bus camino a esta colonial y blanca ciudad: Y no puede sacar más que una triste conclusión de todo ello: lo que observó en Potosí no se diferencia en nada de lo que Fernando Ramírez Velarde escribió con tanta precisión sesenta años atrás.