Miradas Cómplices constituye un laboratorio de ideas, de reflexiones fotográficas e imágenes que, quizás, encuentren vuestra complicidad.

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martes, 21 de septiembre de 2010

¿Vale un Potosí? diría ahora Cervantes..

Cerro Rico - Potosí
Hace 48 años siete mineros asturianos comenzaron un heroico paro en protesta a las paupérrimas condiciones laborales, y, a la que pronto, se les sumaron otros 40.000 trabajadores.
Esa gesta – contada, entre otros, por el escritor Jorge Martinez Reverte en su libro La Furia y el Silencio – marca un punto de inflexión en la lucha obrera en España.
Y la batalla aún no ha cesado como lo demuestra la actual crisis de las nuevas generaciones de mineros asturianos, dedicados a la extracción del carbón,  que salen a la calle a denunciar sus problemas y realizan movilizaciones multitudinarias a Oviedo, la capital de Asturias.
Aunque los resultados de todo ello pueden ser dispares, lo concreto es que no hay indiferencia en la opinión pública, son escuchados por alguien, tendrán eco en los medios. Esos casi 50 años de lucha los amparan.
Pero muy distinto es el destino de los cientos de mineros que trabajan en condiciones infrahumanas en el Cerro Rico de Potosí.
Ahora parece que el gobierno boliviano quiere cerrar la mítica y agujereada montaña, promover dicho lugar como patrimonio de la humanidad sin importarles como se van a ganar la vida esos trabajadores que subsisten, hoy en día, en forma de cooperativas y del turismo minero.
La historia comienza en el siglo XVI. Wikipedia les explicará mejor que yo toda esta desventura colonial. (Socavones de la Angustia de Fernando Ramírez Velarde es una variante literaria más rica de este melodrama que viven los mineros en Bolivia o Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano).
Básicamente, toda la historia minera boliviana es un compendio de explotación y sumisión más que de lucha obrera. Y ni siquiera durante el siglo XX,  los mineros han logrado grandes avances en derechos, calidad de trabajo y salarios. Siguen viviendo igual que antes o peor como lo demuestran las últimas noticias sobre los niños que trabajan en las minas.
Yo estuve hace unos años en Potosí y conocí el Cerro Rico, llevado de la mano de algunos guías - mineros que se ganan la vida mostrando la dura vida de sus compañeros en esos socavones donde el aire es irrespirable y maloliente.
Recuerdo que el guía que nos acompañaba nos pedía que llevemos algún refresco para regalárselo a algún minero. Al preguntarle si podíamos llevarles también galletas o comida, él se negó rotundamente. “No quieren alimentos, no tienen ganas. Están todo el día mascando coca y están acostumbrados a no comer”.
Hace unos meses publiqué en este blog,  un relato: ¡Cuidado Gringos, háganse a un lado! que describe un poco el surrealista paisaje que viví en la otrora gran ciudad de la plata y del estaño.
En esta ocasión,  deseo compartir con ustedes algunas imágenes de esa visita. Algunas instántaneas de estos trabajadores que a primera hora del día, esperan ansiosos en la plaza de armas de la ciudad que los seleccionen para trabajar en el Cerro Rico. Y así ganar unos 5 euros en 14 horas de trabajo al día.

Esperando que los seleccionen - Potosí - Bolivia
Los trabajadores seleccionados son transportados hasta las inmediaciones del cerro y allí se preparan para el duro trabajo en las profundidades de la mina.
Potosí - Bolivia
Todos, sin excepción,  como lo muestra la imagen de abajo, antes de comenzar a trabajar se introducen en su boca una importante cantidad de hojas de coca y la masticaran por largas horas. 

Potosí - Bolivia
Hace años que las mujeres ya no trabajan en el interior de las minas. Pero en los alrededores, algunas viudas de mineros fallecidos en el cerro,  buscan diariamente, en los residuos de las excavaciones, algunos minerales nobles que después tratan de venderlos en la ciudad.

Manos de una viuda - Potosí - Bolivia
 Miguel de Cervantes en su obra clásica Don Quijote de la Mancha acuñó el dicho español: Vale un Potosí que significa que algo vale una fortuna. La vida de estos mineros, ¿vale un Potosí?
Potosí - Bolivia

viernes, 22 de enero de 2010

¡Cuidado gringos, háganse a un lado!


Casa de la Moneda - Potosí © Marcelo Caballero

A medida que la mañana transcurre, sus luces peregrinas blanquean sin apuro las sombras del colonial y decadente patio del Hotel Potosí.
Impaciente, quien viaja prepara unos mates en una mísera cocina. La cacerola comienza pronto a hervir y considera que el desayuno ya está listo. Y también está preparado para escribir. Para canalizar como una terapia sus vivencias.
Entonces desea ponerle punto final al recuerdo de esos oscuros túneles.
En unos minutos toma ánimo y mientras degusta de sus mates, bosqueja algo en su cuaderno de viajes:
“La oscuridad está latente. Se entremezcla hasta en mis más íntimos pasos. Las envolventes sombras que titilan en los negros huecos vierten sudor, mucho sudor a mi corazón.
Y la sensación es alucinada. A pesar que el siglo XXI emerge como la centuria de las nuevas tecnologías, la visita a las minas de Potosí me provoca extrañas ambigüedades y ciertas frustraciones culturales. Un espacio descolorido, de triste pasado aún vigente.
Me acuerdo de aquel vozarrón….“Cuidado gringos, háganse a un lado” vociferaba Jaime y el imperativo de ese guía minero aún retumba lacerante en mi cabeza.
Recuerdo que esa orden no era para nuestro grupo. Sino para un contingente de rubios turistas nórdicos que venían pisándonos los talones. En ese momento pensé en los deseos ocultos que llevan a esos jóvenes del primer mundo con buena calidad de vida a hurgar por esos túneles llenos de olor a muerte.
Lo cierto fue que en ese instante de divagaciones irrumpieron por la galería unas sombras estropeadas por el escaso oxígeno del lugar y pasaron frente a nuestras narices sin vernos. Unos metros más adelante pararon y comenzaron a cargar piedras y más piedras residuales ante nuestra sorprendida mirada turística.
Recuerdo sus mejillas hinchadas por la coca. Recuerdo como esos pobres obreros metían en el carro cientos de kilos de dura tosca en pocos minutos sin decir una palabra como si fueran decadentes robots. Finalmente cuando terminaron, dos mujeres del contingente europeo que no llegaban a los 20 años se acercaron con timidez y pusieron junto al vagón de carga, unas botellas de Coca Cola y varias bolsas de nylon verde con hojas de coca en su interior. Aquella imagen sacada de contexto suena en mi cabeza como un duro encontronazo de historias, de divergentes e hirientes caminos culturales.
Y pienso en dónde estarán sus pensamientos, sus ilusiones, las extrañas razones que los llevan a arrastrar carros y más carros por más de 12 horas de trabajo diario, de infrahumana vida subterránea. Y por sólo 5 dólares diarios venden su alma a la sierra llamada Rica. Rica de metales pero también de gases tóxicos que dejan sus pulmones llenos de ironías. Sarcasmos de este capitalismo tardío que impregna de muerte en vida a estos mineros..”
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“¡Vamos, hombre! que nos tenemos que ir!!.. “¡Vamos, argentino!” . Levanta la vista y ya no puede escribir más. Los sonidos amigos que provienen de la puerta de entrada del viejo hotel resuenan en sus oídos como un alivio. Un involuntario respiro.
Piensa que así son los viajes, una sensación lleva a otra, de un momento triste a otro banal, alegre. Constantes del devenir, de las incertidumbres.
Mientras camina distraídamente por las calles de Sucre no puede dejar de pensar en las páginas de una vieja edición de los Socavones de la Angustia que terminó de leer en el bus camino a esta colonial y blanca ciudad: Y no puede sacar más que una triste conclusión de todo ello: lo que observó en Potosí no se diferencia en nada de lo que Fernando Ramírez Velarde escribió con tanta precisión sesenta años atrás.