Miradas Cómplices constituye un laboratorio de ideas, de reflexiones fotográficas e imágenes que, quizás, encuentren vuestra complicidad.

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viernes, 18 de febrero de 2011

Idas y venidas por los caminos del Tibet. La autorización del cónsul

Por ese camino no vas a tener ningún problema con la policía” me dijo claramente el cónsul de mi país en Beijing, China. Con estas palabras me transmitió seguridad y confianza y, de paso, me dio el visto bueno para que ingresara por tierra al Tibet, a través del camino oeste desde Chengdu, Sichuan.
Si llegas a tener algún inconveniente, ya sabes, me llamas a mi tel. personal” subrayó en un gesto protector el diplomático, antes de despedirse de mi, en el bar de un fastuoso hotel céntrico de la capital china, donde nos habíamos citado un rato antes.
Y yo le creí, claro. Era el cónsul!!!. A pesar que varios viajeros me habían dicho que no se podía entrar solo y la única manera era en grupo, por aire y con una visa especial.
De esa manera, unos días después me encontraba a las puertas de la meseta tibetana, en la provincia china de Sichuan sin notar ningún problema más allá de mi propio cansancio de interminables horas en tren y gente y más gente.

Losang y sus alumnos. Luhuo - China
No quiero mentirles. Pero parecía estar metido en un film bizarro y como protagonista un bus destartalado que nos llevaba por polvorientos caminos de nunca acabar. Y entre tantos y zigzagueantes caminos  y precipicios a través de los montes Hengduan, el bus paró, de repente, en la nada y subió un joven monje tibetano.
Se llamaba Losang y, de inmediato, nos hicimos tan compinches que cuando llegamos a Luhuo me invitó a pasar la noche en su casa: el monasterio Chori Theyhor.
Al otro día, recorrimos juntos la monumental edificación construída hacía cinco siglos. Losang era uno de los profesores. Y me hizo conocer las aulas donde alrededor de 100 entusiastas niños estudiaban y leían libros religiosos en voz alta. Luego me mostró orgulloso la imagen del Dalai Lama escondida detrás de un mueble. “Si me ven con ella, los chinos me meten en la cárcel” me señaló este joven tibetano. Antes de partir, me dio la dirección de su prima que vivía en Dege, mi proxima parada. “Por si tienes algún problema” me sugirió paternal.
Con los salvoconductos del cónsul y la pariente de Losang, arribé a Dege a media tarde convencido de lograr mis propósitos y me sentía inmune a todo. Por eso no me molestó que el pequeño y desolado pueblo fronterizo con Tibet no me ofreciera buenas sensaciones. Los locales de este pueblo me miraban mal, con recelo y cuando trataba de hablarles, literalmente huían. ¿Era un presagio de que algo andaba mal? Aún no lo sabía.


Monasterio de Dege - China (posee la única imprenta de textos budistas tibetanos)
Por lo pronto, no deseaba entretenerme mucho más tiempo por allí. Tenía malos presagios. No me gustan los pueblos fronterizos y sabía, además, que no había buses ni trenes ese día. Por lo que intenté buscar cualquier otro transporte para largarme pronto. Y conseguí un camión que partía al amanecer a Jamda, pueblo ubicado a unos 120 km. en territorio tibetano.
Con un grupo de nómades como compañeros, nos instalamos en la parte de atrás del camión sólo cubierto por una lona a punto de romperse. Afuera arreciaba un temporal de nieve y frío increíbles. La meseta tibetana es áspera en todos los sentidos hasta para el alma.
Y en un momento de este duro viaje, el camión paró en un abra a 4.500 metros de altura. No había forma de seguir. El camino estaba abarrotado de hielo. Fueron momentos de total incertidumbre hasta que vaya a saber como, en unas horas partimos nuevamente y arribamos a Jamda casi de noche.

Abra a 4.500 metros de alura. Abajo, serpenteante camino a Jamda - Tibet
 Allí me encontré por primera vez con la policía china. 
Les agradezco la atención a este relato, de corazón. Pero esta historia seguirá el lunes que viene. Les deseo un buen fin de semana y hasta pronto!!

martes, 19 de enero de 2010

Una noche en una taberna

   Afuera la nieve caía a borbotones y en la taberna una espesa nube de humo mezcla de tabaco y aromas culinarios le ofrecía una sugestiva bienvenida a quien viaja.
Como un sonámbulo deambuló por el salón sin mirar a nadie. Pero pronto encontró un lugar justo en el medio del mismo. Al sentarse se dió cuenta que todos los que estaban allí lo observaban con curiosidad. Parecía ser que era el único occidental. Entonces, sacó un paquete de galletas de entre sus húmedas ropas y comenzó a comerlas para olvidarse que lo miraban.
Al rato se le acercó un chino que parecía ser el cocinero. Llevaba puesto un delantal que antes era de color blanco y ahora estaba repleto de manchas oscuras de grasa. Sin perder el tiempo, mediante gestos, quien viaja le hizo saber que quería comer lo mismo que todos los que estaban a su alrededor: sopa con carne que presumiblemente era de yac.
Cuando el cocinero retornó a su mesa con un humeante plato caliente entre sus manos, un hombre muy alto y delgado se paró frente a él. Se trataba de un tibetano bastante joven que le sonrió con una exasperada amabilidad. Quien viaja lo invitó a compartir su mesa.
Por la forma que iba vestido, pensó que el tibetano era un nómade. Usaba unas botas negras que le llegaban a la rodilla, una chaqueta de piel de yac con una manga más larga que la otra que según la costumbre no se usa para introducir un brazo. Y para coronar una especie de sombrero de copa bien alto.

© Marcelo Caballero

   El joven, por cierto, se llamaba Vagdro y había nacido en Ganze, un poblado ubicado a pocos kilómetros de allí. Vagdro le hizo entender con gestos ampulosos y muy graciosos que tenía un rebaño de yacs y que aún no estaba casado.
   La conversación era dificil porque no hablaban las mismas lenguas pero se reían mucho. Había cierta complicidad. Pero entre risa va y risa viene quien viaja le pronunció dos palabras que modificaron el rostro del nómade: “Dalai Lama". Esos rítmicos nombres propios hicieron bajar la vista al tibetano. Se persignó poniéndose el pulgar derecho en la frente para más tarde decirle –con gestos, claro – que no debía pronunciar esas palabras ante los chinos.
Con mucha timidez le mostró una medalla que tenía en el pecho. Era la imagen del líder espiritual tibetano. Pero enseguida se la guardó. La estricta legislación china prohibía el uso de cualquier imagen de ese hombre santo que vive exiliado desde 1959 en India.
De repente dos parroquianos chinos que parecían estar bastantes ebrios entraron en escena: se acercaron a la mesa de quien viaja y el que estaba más tambaleante se sentó aparatosamente en la única silla vacía. Inmediatamente increpó al nómade con gritos y algunos escupitajos. El pobre tibetano no hizo nada y como seguía gritando, optó por darle la espalda. Parece que ese gesto enfureció al chino que se paró como pudo y se puso frente al tibetano en una actitud desafiante, agresiva hasta que se tomaron a golpes.

                                                            
© Marcelo Caballero
   Quien viaja quiso separarlos pero enseguida varios chinos del lugar, entre ellos el cocinero, se interpusieron y lo obligaron a dejar el recinto. Al ver que no podía regresar y con el temporal que arreciaba, optó por volver a su habitación.
   Al día siguiente la nevada era sólo un recuerdo. Y aunque hacía frío, la mañana lucía espléndida con un cielo extremadamente azul. Entonces decidió salir a pasear un poco y averiguar que había pasado con Vagdro.
   La taberna aún estaba cerrada y nadie en la única calle del poblado lo había visto. No satisfecho durante toda esa mañana siguió preguntando a cualquier persona que vagara por allí.
   Llegada la tarde quien viaja decidió irse de Manigango. Muy desesperanzado se instaló junto a la puerta de la taberna a esperar que algún camión lo llevara para cruzar la cordillera. Manigango era el último poblado por ese camino antes de arribar a la meseta tibetana.
No se atrevía a entrar a la taberna. Lo habían tratado muy mal la noche anterior y deducía que allí no iba a encontrar ninguna respuesta.
   De pronto, un niño tibetano le pidió que le comprara unos caramelos. Quien viaja aceptó y fueron hasta un almacén cercano donde desde su interior una mujer china que estaba escondida detrás de unas estanterías lo sorprendió diciéndole en un perfecto inglés que sabía donde estaba el nómade. Y le dijo que la información le salía 10 yuanes. Quien viaja sin dudar pagó y la mujer le aconsejó que no lo buscara más porque lo habían subido a un camión y transportado a Drapchi esa misma mañana.
© Marcelo Caballero
   La prisión a la que se refería esa mujer estaba en Lhasa, la capital de Tibet y era una cárcel de presos políticos no de delincuentes comunes. Allí estaban encarcelados por años tibetanos que osaban manifestarse por la independencia tibetana o que llevaran imágenes del Dalai Lama como Vagdro. Entonces quien viaja recordó su cara bonachona y triste. Y trató en vano de imaginarse como sería la libertad para este pueblo.




(Extraído del libro de relatos "Pasajeros del devenir")