Miradas Cómplices constituye un laboratorio de ideas, de reflexiones fotográficas e imágenes que, quizás, encuentren vuestra complicidad.
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miércoles, 2 de julio de 2014
viernes, 7 de septiembre de 2012
Transiberiano: un tren llamado aventura. Última parte
En el kilómeto 2120 comienza
oficialmente Siberia, que en lengua tártara significa “tierra dormida”. Parece
que los cedros y pinos no terminan nunca de pasar frente a las ventanillas. Cada
50 kilómetros las típicas casas rusas de madera rompen la monotonía y
agricultores, colonos o niños saludan nuestro paso.
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| Trenes de carga con madera de la taiga rusa. Tyumen, Rusia © Marcelo Caballero |
Entramos de lleno en la taiga rusa.
Viajamos 400 kilómetros para conocer Tyumen, la ciudad más vieja de Siberia y
capital del petróleo. Llevo muchos días sin escuchar castellano pero el milagro
ocurre. ¿usted es argentino? Pregunta alguien desde la puerta del restaurant
donde almuerzo. De inmediato me giro y una rubia muy atractiva se me acerca. “Lo
oí y recordé Buenos Aires” dice la mujer.
Larisa tiene 35 años y su historia
es la de muchas rusas que prueban suerte en el extranjero. Para poder trabajar
se casó con un argentino mucho mayor que conoció por correo y después de un año
se separó para regresar a su país. “ Viví en Mar del Plata y lo único que podía
realizar era tareas domésticas porque el pasaporte ruso no brinda muchas
garantías”.
Pronto, subo a otro tren que me
lleva a Omsk que en tiempos soviéticos era la ciudad de los exiliados. En el
tren conozco a una babushka, una abuela llamada Ludmila que no entiende nada de
lo que le digo pero descubro que soy buen actor y nos entendemos por señas.
Luego se me ocurre decir : Maradona y la mujer rie a carcajadas. Apenas piso en
andén de Omsk, Ludmila me lleva a su casa y ratifico una vez más la
hospitalidad del pueblo ruso.
La vedette de los “Mercadonas” rusos
El vodka es la gran vedette rusa. En
los supermercados de las grandes ciudades siberianas como Novosibirsk, hay más
góndolas con esta fuerte bebida alcohólica que alimentos. Pero lo que más me
llama la atención es la obsesiva sensación de estar vigilados. En cada super
trabajan decenas de vigilantes de yogures, fiambres y vodkas que parecen salidos
de la KGB.
Novosibirsk queda a unos 4.000
kilómetros de Moscú y denota una gran euforia capitalista. Por eso le dicen “la
Chicago de Siberia”. Luego en un bus local me dirijo a Akamdegodorok reputado
bunker de cerebros de la ex Unión Soviética.
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| Taiga en Akamdegorodok, Rusia © Marcelo Caballero |
La villa es un enorme predio de
verde taiga salpicado por numerosos departamentos universitarios. Allí conocí a
Irina Caxahehko que me cuenta que aquellos intelectuales rusos fueron
reemplazados después del colapzo de 1992 por una élite de expertos en informática
y la villa se convirtió en la Silicon Taiga.
La Perla de Siberia
El tren es inagotable como fuente de
amigos y de aventuras. Así, nos dirigimos a Krasnoyark, ubicada a unos 800 km. de
Novosibirsk
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| Krasnoyark, Rusia © Marcelo Caballero |
Con parte de esos amigos nos
dirigimos luego a Irkutz, a 1.000 kilómetros, una ciudad considerada la más turística,
cultural de Siberia.
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| Irkutz, Rusia © Marcelo Caballero |
De hecho, mis nuevos amigos rusos son senderistas
escaladores y junto a ellos nos vamos pronto a recorrer el Baykal, el lago de agua
dulce más grande del planeta.
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| Lago Baykal, Rusia © Marcelo Caballero |
Después de tantos kilómetros
recorridos, el tren se convierte en un viejo y entrañable amigo. Pero finalmente mi viaje por
Rusia se quiebra en la ciudad de Ulán Udé a pasos del límite con Mongolia.
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| Ulán Udé, Rusia © Marcelo Caballero |
En
Ulan Udé se respira un aire más asiático y no tan ruso. Y es allí donde decido desviarme hacia
el sur en vez de continuar hasta Vladivostock. Mi próximo expreso será el
transmongolian, un desprendimiento del transiberiano que atraviesa el corazón
del país del gran Genghis Khan.
Pero esa será otra historia.
Hasta el lunes!!
miércoles, 5 de septiembre de 2012
Transiberiano: un tren llamado aventura. Parte 2
Rumbo a los Urales
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| El legendario tren transiberiano. © Marcelo Caballero |
El transib, como lo llaman cariñosamente los rusos, es una
imaginaria columna vertebral que enlaza docenas de pueblos a lo largo de Rusia.
Es un pilar de la economía nacional junto con la industria militar. La red
férrea es el transporte ruso por excelencia. El transib traslada a través de
9288 kilómetros a miles de personas, uniendo Moscú con Vladivostock, en el
extremo oriental de Rusia, frente al mar de Japón.
Ricos y pobres se mezclan en los vagones.
Desde un principio de esta aventura convine en viajar en
tercera clase debido a que es barato y una de las mejores maneras de conocer al
pueblo que convierte al tren en una verdadera ciudad ambulante.
El amanecer me encuentra conversando con Galia Kirnasova,
una joven rusa que habla muy bien el inglés. Entusiasmada, me invita a conocer
su pueblo: Primero de mayo, situado a 30 kilómetros de Nizhny Novgorod.
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| El tren transiberiano para en Nizhny Novgorod © Marcelo Caballero |
Galia vive en un típico edificio colmena derruido por el
paso del tiempo. Al empujar la pesada puerta de entrada penetramos a un pasillo
oscuro, con olor a pis, puertas sin manias garabateadas con aerosol. Afuera, el
paisaje silencioso de fábricas abandonadas y plazas sin niños no es nada
alentador. Los brutales desequilibrios de la Rusia post soviética aún se dejan ver.
La joven al igual que muchos chavales que conocí en el tren
quieren emigrar. “Conseguí trabajo como guía turística en Alaska. Me voy dentro
de unas semanas” confiesa Galia.
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| Vista del río Volga que cruza Nizhny Novgorod , Rusia © Marcelo Caballero |
Dientes de oro
Decido dejar Nizhny Novgorod
al segundo día y compro un ticket en
un tren local (cuarta clase) rumbo a Ekaterimburgo para esa noche. Me
habían dicho que esos trenes tenían mala fama pero igual acepto la
aventura. El billete me salió super
barato y me esperan 1400 kilómetros de travesía.
Es medianoche y hay poca gente en el andén. El tren llega a
horario y entro despacio, tanteando todo. Avanzo en silencio ante la mirada
inquisidora de una docena de hombres que jugaban a las cartas. Ni rastros de
mujeres en aquel vagón.
Cuando intento guardar mi mochila debajo del asiento que me
corresponde, un hombre del grupo me detiene. “Niet, niet, niet” (no, no, no),
me gruñe ese hombrecillo exhibiendo el brillo de un canino de oro. Me quedo
parado un tiempo largo…horas. Hasta que no aguanto más y lo increpo y sin más
abro el baúl. Adentro una paloma hace de mi guardaequipaje su lecho real.
Finalmente y a regañadientes, cede y deja que me siente.
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| © Marcelo Caballero |
A medida que avanzamos hacia el este los husos horarios
cambian y ya llevamos tres horas más que en Moscú. Desde las ventanillas vemos
kilómetros de frondosos bosques de abedules, fresnos o robles, laderas verdes
escarpadas y largos túneles. Nos vamos acercando a los montes Urales, el límite
entre Europa y Asia.
La llegada a Ekaterimburgo impresiona. Se abre ante mis ojos
un verdadero palacio con escaleras de mármol
rosado y gigantescas arañas. Adhiero al servicio de hospedaje en casa de
familias y conozco a una pareja de ancianos, jubilados del sector ferroviario.
Viven cerca del lugar donde el último zar fue asesinado junto con su familia en
1918.
Koler y Lida conocen a fondo la vida del transiberiano.
“Antes había más dinero para el mantenimiento de los trenes. Ahora el estado ni
siquiera paga salarios dignos – señala Lida – hoy el único punto positivo es
que trabajan muchas mujeres”.
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| ©Marcelo Caballero |
Sigue la aventura el próximo viernes...nos adentramos en Siberia...hasta pronto!!
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