Miradas Cómplices constituye un laboratorio de ideas, de reflexiones fotográficas e imágenes que, quizás, encuentren vuestra complicidad.

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viernes, 25 de febrero de 2011

Una tarde con una familia de artesanos en Srinagar

“Pobre este pueblo normal y apacible
atrapado entre la pared rocosa de India
y la aridez de Pakistán”
Salman Rushdie. Escritor indio

Lago Dal - Srinagar - Cachemira
Al entrar a la casa de la familia Ahad Bhat –enclavada en los jardines flotantes del lago Dal de Srinagar- este narrador no puede creer lo que sus ojos ven: dispersadas por toda la habitación alfombras de todos los tamaños, telares multicolores y hermosos shawls.
Mientras preparan un delicioso té kashmirí, Alí, padre de seis hijos, me cuenta que esta finísima familia de artesanos pertenece a un linaje familiar que se remonta a 10 generaciones atrás dedicadas a esta exclusiva actividad de tejer con lana, pashmina y shahtoosh en el valle de Cachemira.
Entretanto su esposa, un tanto tímida pero con un dejo natural de orgullo, me muestra los diferentes dibujos que confeccionaron para ilustrar las alfombras. “Las técnicas de bordado, el material (en general lanas de diversas texturas) son exclusividad de Cachemira. Es mentira que sean originarias de Persia. Te lo dice alguien que sabe” señala altivo Alí.
“En la actualidad sólo confeccionamos alfombras a pedido para clientes de Japón, EEUU y varios países europeos –prosigue Alí – porque no tenemos tantos clientes como antes debido a la inestabilidad política y los conflictos”.
Muchos siglos atrás los conquistadores musulmanes explotaron las riquezas lanares del valle y sentaron las bases de la confección de las famosas alfombras, codiciadas en todo el mundo.
Los seis hijos de la pareja desde pequeños se familiarizaron con el arte del tejer. Algunos como los varones salen todas las mañanas en sus shikaras a vender sus productos y, en muchos casos, los resultado no son los soñados. Cachemira no es aún una plaza muy segura para el turismo convencional. Los conflictos y la tensión se suceden invariables por toda la región desde la separación de Pakistán e India en 1947.


Artesanos - Srinagar - Cachemira

Mientras Alí muestra sus shawls ("chal" en castellano), todos diferentes, de distintos colores; el narrador queda absorto ante tanta belleza y imagina como luciría sobre los hombros de cualquier mujer del mundo occidental.
Para confeccionarlo tardan como mínimo un mes (seis horas de trabajo diario) y, para los bordados más complejos, hasta seis meses.
Una de sus hijas explica que, en general, primero se confecciona el shawl con 100% de lana de oveja de la región, luego sobre su superficie se dibujan las clásicas flores (inspiradas en las plantas que adornan en verano kilómetros de superficie acuática con increíbles colores por todo el lago) y con hilos de seda luego se borda y se termina la pieza.
Existen distintos tipos de shawls:
- zozni (en lengua cachemirí) que consiste en bordados de flores de cuatro o cinco colores en ambos extremos de un solo lado. También están los bordados que aparecen a ambos lados de la tela y se llaman “jamawar”.
Luego aparecen los "paper maché", otra exclusividad de Cachemira. La técnica consiste en calcar las flores con un delicado papel y se le incrustan finísimos hilos brillantes y con mucha textura. 
Otros están confeccionados con flores concéntricas y se llaman “ari”. Los hombres, en general, son los que realizan estos trabajos.

Diseño de Papier Maché - Srinagar - Cachemira

Diseño de Papier Maché - Srinagar - Cachemira
Los shawls más costosos se confeccionan con pashmina ( lana de gran concentración calórica que se extrae de la barbilla de una variedad de conejo que sólo vive en la zona de Ladakh a unos 4.500metros de altura en el Himalaya indio) y se llaman "chashme bulbul".
Alí, deja reservado para lo último la frutilla del postre: los legendarios "ring shawls" y aclara que no está en venta ya que es ilegal porque la preciada lana se encuentra en zona de litigio, al norte de Srinagar, ocupada hoy por Pakistán llamada POK (Pakistan Ocupattion Kashmir). La lana en cuestión es el shahtoosh que proviene de un raro antílope que vive en las alturas himaláyicas. Aún así el cliente lo puede comprar pero sus precios son altísimos.
Si es así, el comprador debe tomar muchos recaudos al sacar dicho material del país ya que si las autoridades indias detectan el “ring shawl” en su poder puede tener condenas de un mes a un año de prisión efectiva en el país.


Nota: las imágenes de este post pertenecen al libro Kashmir del fotógrafo japonés Shinya Fujiwara, poco conocido en Occidente. Lo interesante de todo ello, es que este libro (actualmente agotado) me lo obsequió esta familia que el fotógrafo conoció en 1972. Hasta pronto!!

miércoles, 2 de febrero de 2011

Espejismos de Rajastán. La ciudad dorada del desierto

Son las cinco de la mañana, hace un frío inhumano y parece que tengo en mi cuerpo todo la arena del desierto. El tren llega a duras penas a Jaisalmer, una ciudad embutida al fondo del Thar, desierto sin horizonte que se funde en la frontera pakistaní.
En medio de la estación, una muchedumbre de seres envueltos de pies a cabeza rompe en feroz carrera enarbolando folletos y tarjetas. “Los mejores Camel Safaris a los precios más bajos”, grita uno. “Baño privado y agua caliente”, alardean todos.
Al final, escapo a la terraza de un hotel económico ubicado en las afueras y fotografío un alucinante amanecer que revela el alma de Jaisalmer: una imponente fortaleza construida en el 800 DC por los mercaderes que dominaban la ruta de la seda. La dramática estructura que inspiró al gran cineasta indio Satyajit Ray para su película  "Fortaleza de Oro", estaba frente a mis ojos.

Fortaleza de Jaisalmer - India

Después de un pequeño descanso, me encamino a las entrañas de este laberinto amurallado. El estrecho camino de callejuelas zigzaguea hacia lo alto del Monte Trikura.

Dentro de la fortaleza - Jaisalmer - India
  
Rajastán es leyenda porque por aquí pasó el gran conquistador Alejandro Magno y por el brillante período musulmán que dejó esta impresionante arquitectura.
Los rayos del sol se cuelan por los callejones y la piedra caliza amarillenta destella polvo dorado, luces color miel. Sin ninguna duda es la ciudad dorada del desierto y así se vende en todas las agencias turísticas.
Y entre tanto polvo y arena, surge un hombre robusto y alto (algo no muy común por allí) que me llama por gestos. “Juglish Bisha para servirle”. Amable, este local me cuenta que pertenece a la casta de los brahmanes y es el actual cónsul de la fortaleza.
Me señala que es un cargo honorífico y lo heredó de su padre. “Antes que Gandhi prohibiera las castas, mi familia era rica y privilegiada. Ahora somos pobres y trabajo de guía turístico…Soy el mejor!” se ufana orgulloso. 
  
 
El cónsul de Jaisalmer - India



Jadlish habla sin parar. “Me gustaría que vengas a conocer mi casa que es muy antigua y te tomas un buen té indio” señala.
Acepto. Pero le aclaro que no tengo dinero para ningún tipo de turismo. “No hay problemas, amigo argentino”.



Luego de la reparadora infusión sigo caminando sin rumbo por la fortaleza y de pronto una música resuena etérea desde el umbral. Ante mi, se despliega el más estravagante "haveli" que he visto. Se llama Parwon Ki, una  residencia fastuosa (ahora, un hospedaje de lujo) edificada a principios del siglo XIX.

Parwon Ki - Jaisalmer - India

“Lo que escuchas son poemas persas de amor musicalizados” me comenta el portero de este lugar sólo accesible para turistas con dinero.
De regreso a mi humilde hotel, me ataja el dueño, de unos 30 años, con mirada ambiciosa,  llamado Raji. Parece que en India todos se llaman Gazy o Raji.
Me invita a conocer al día siguiente la colina de los "cenotafios", lugar donde están todas las tumbas de los maharajás de Jaisalmer.
De pronto entra en confianza y me dice: “El safari que ofrece el hotel es muy bueno, debería tomar uno”.
Le cuento que estoy seco que sólo tengo para viajar y el hombre me responde como el cónsul: " no hay problemas, amigo".
Pero en este caso, me propone un negocio que me puede beneficiar. 
El procedimiento es sencillo. “Tienes que ir a la estación bien temprano y como sos occidental, los turistas te van a hacer más caso a ti que a nosotros. Los convences y los traes al hotel. Del resto nos ocupamos nosotros”.
De esa manera, unos días después viajo junto a un grupo de occidentales felices como yo por el Thar. Allí tomo dimensión de este peculiar desierto subido en unos camellos durante tres días y el recuerdo de lo vivido junto a los locales es algo que no olvidaré jamás.
 

Desierto de Thar - India

Hasta pronto!!