Miradas Cómplices constituye un laboratorio de ideas, de reflexiones fotográficas e imágenes que, quizás, encuentren vuestra complicidad.
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lunes, 12 de marzo de 2018
Las ciudades sutiles
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sábado, 15 de mayo de 2010
Calcuta y la carta del flautista
El trabajo en Pren Dam había sido especialmente duro. Demasiados baldes de agua había que acarrear. Más de lo debido.
Quien viaja evocaba como afiebrado las meticulosas limpiezas en esas habitaciones de enfermos terminales y su recuerdo lo agobiaba aún más. Hacía demasiado calor ese mediodía.
Imaginó también la mañana que su compañera había tenido en Kalighat. Quizás igual de agotadora. Y con una espasmosa lentitud de calor bajó el brazo hacia su mochila, tomó un cuaderno, se sentó y comenzó a escribir.
Cuando terminó lo juzgó importante porque lo había escrito con el corazón más que con la razón. Entonces decidió guardarlo.
Las horas entre hermanas y voluntarios pasaban lánguidas como los cansancios y los calores. Una noche, luego de una cena comunitaria con amigos europeos volvió a su casa ambulante: la mochila y a su cuaderno pero extrañamente no lo encontró, no estaba.
“Quizás sean los mismos duendes que se llevan mis bolígrafos”. Rió un poco pero durante muchos días estuvo contrariado, de mal humor cada vez que se acordaba.
El tiempo y un tren los depositó en Varanasi. Y aún no había lapsos para recuerdos demasiados presentes entre calores soporíferos y humedad. “Era chiquito, en algún lado estará, quédate tranquilo” le decía la flaca con un dejo de resignación.
Pero pasó mucho tiempo más, varias ciudades y algunos aviones. En la rue de Grenelle la gente compraba frutas de estación y los trenes iban y venían por sus cabezas. Todo estaba limpio, demasiado para su gusto, lejos de aquellos ruidos ensordecedores de motos y autos indios. No sabía si eso era mejor o empeoraba la situación. Tal vez no importaba. Pronto ella se fue a Bruselas y quien viaja se quedó con su ausencia y Danielle que lo aguardaba todas las tardecitas con quesos y buen vino francés.
Cuando estaba en la casa de ella, volvía siempre a su mochila. Una vez y otra hasta que entre pilas de escombros viajeros encontró aquel cuadernito. “Increíble…eran los duendes al final…no hay manera de entender esto” . Y lo volvió a leer y se acordó de su importancia momentánea.
Decía así:
“Como por esas cosas del tiempo y de una situación totalmente azarosa, vuelvo a escuchar los lamentos del sonido alegre de una flauta tocada por un vendedor callejero.
Parece mentira volver a escucharlos. Nada termina y todo parece volver a un retorno eterno como decía Nietzsche. Y en ese ciclo, una suerte de permanencia se mantiene en el tiempo en esta madeja de transformación que es Calcuta.
En esta segunda vuelta he tratado de llenar algunos baches, unos cuantos con la certeza de encontrarlos y finalmente hacerlos entrar en el galpón de mi memoria.
Algo se había desvanecido y el tiempo se encargó de recuperarlo. Unos sonidos que muchas veces quise evocar en esos tres largos años de ausencia porque me parecían de aquí, de Chowringhee y como llevados por las olas de esta historia que no por casualidad se reunifican, los escucho nuevamente y la emoción crece, aumenta, se dispara en todo mi ser . No se condensará allí toda la tragedia de esta ciudad que yo percibo? No será acaso que esos endemoniados sonidos son un punto de inflexión en mi vida?. ¿Es estúpido pensar todo eso?...no sé, pero cada vez que los escucho...ay de mi!!!
El está siempre sentado frente al Army Salvation como esperando, como esgrimiendo una estrategia siempre de bienvenida para nosotros. Está sereno, contemplativo y parece más grande aún con su barba cortada como un típico musulmán.
Chowringhee - Calcuta - India
Recuerdo haberle comprado – como tantos otros – una flauta sencilla. Como tantos otros caí en la tentación de llevarme algún pedacito de esa historia que la vas haciendo diariamente sin importar el calor o los monzones de Bengala. Esos tonos de violín artesanal le han dado una etiqueta, un vals oriental que no podía dejarla pasar en esta jauría de calles; mientras él permanece inmutable con su negocio ambulante. Un poquito en la esquina, luego más cerca de la puerta del hotel Failaun o en el portal negro, negrísimo del Army Salvation.
“¿Cuál quieres?” me dijo desplegando todo su arsenal musical. “algo bueno y barato, 150 rupias y es tuya”. Luego el regateo y la música de siempre que se introdujo de mil maneras en mis calurosos sueños de tardes febriles hasta evaporarse en mi subconsciente”.
Cerró la libreta y volvió a emocionarse. Acto reflejo se paró y miró a través de la ventana la ciudad teñida de mañana, sol, primavera y la deslumbrante torre Eiffel.
Se preguntó que hacía allí y por qué no podía recordar la melodía del flautista. Quizás fuera por culpa de la trompeta de Miles Davis que sonaba con total inpunidad por todo el piso.
lunes, 11 de enero de 2010
El robo en la estación Howrah
©Marcelo CaballeroDeseo inaugurar este blog con un texto que pertenece a un compilatorio de relatos de viaje llamado "Pasajeros del devenir" que permanece ínédito en un disco duro. Supongo que a partir de ahora no será tan inédito y estoy muy feliz de usar esta página para que alguien lo lea. Ese es mi humilde propósito.
Enhorabuena a los caminos de la literatura, de las ideas y de la fotografía que se unen sin darnos cuenta de una manera muy productiva...
"Poco después que sus amigos partieron hacia Katmandú, quien viaja sintió algo que le anudaba el pecho, algo que le decía que debía regresar a Calcuta. Entonces emprendió la vuelta. La contaminación, la falta de espacio y el tráfico humano le hicieron olvidar pronto la vida tranquila y espaciosa de Darjeeling.
Viajó sin haber pagado el boleto…..durante doce largas horas estuvo parado frente a la entrada de los baños hasta que ya cerca de la antigua perla británica pudo sentarse en un pequeño espacio de una litera atestada de hindúes.
Pronto el tren llegó a la estación y quien viaja observó que salir de la estación iba a resultar caótico. Entonces decidió esperar a que todos bajaran.
En ese momento un joven se le acercó para ofrecerle ayuda por una propina. Quien viaja agradeció el gesto pero lo rechazó de inmediato: no tenía dinero de más.
Mientras todo esto pasaba, un niño entró por la ventana, tomó su bolso y como un fantasma desapareció. Cuando quien viaja se dio cuenta, todo fue demasiado tarde.
Lloró de impotencia pero no se resignó a creer lo que le estaba pasando. Tenía que haber una solución, un camino o varios. En esa jauría humana buscar su bolso era un acto de estupidez entonces la impotencia dio paso a la ira.
La curiosidad de la gente es igual en todas partes del mundo y la India no es la excepción. En minutos decenas de indios lo rodeaban sin entender bien que pasaba. No importaba. Ninguno hablaba inglés y les resultaba muy gracioso ver a un occidental gesticular o lanzar palabras incomprensible al aire.
De pronto un anciano se acercó y con una gran sonrisa comenzó a hablar en un inglés bastante comprensible y le aconsejó realizar lo más pronto posible una denuncia a la oficina policial de la estación.
Le hizo caso. Dejó atrás el andén, entró a la galería principal y en el fondo de la misma descubrió el local policial.
Durante casi una hora, trató de explicarles con una paciencia al límite a dos uniformados lo sucedido. Estos apenas hablaban inglés y no estaba seguro si le habían entendido todo. Por si esto fuera poco, dieron señales de fastidio y le pusieron frente a él unos papeles que debía llenar y todos estaban escritos en bengalí. Así que escribió su nombre en algún lugar, el teléfono del hotel en otro, su país de origen en otro lado y una firma final para sacarse de encima todo ese papeleo.
Y luego esperó a ver que pasaba. “ Después de todo, que pierdo?” se autoconvenció quien viaja. Los hechos comenzaron a tomar forma cuando lo invitaron a reconstruir el robo en el lugar donde se cometió.
Ya no sabía si el desgano de esos dos hindúes era por no saber que hacer o por el calor agobiante del momento. Lo cierto es que en medio de la galería principal uno de ellos, el más bajo de estatura preguntó con una fonética a lo Tarzan: “¿uear is de plais?”.
En minutos el grupo se encontró en el lugar del robo y le pidieron a quien viaja que volviera a explicar lo sucedido.
En minutos el grupo se encontró en el lugar del robo y le pidieron a quien viaja que volviera a explicar lo sucedido.
Entonces ocurrió un imprevisto: el policía bajito empezó a correr entre la inflamada multitud gritando en bengalí. Todos lo dejaron pasar y quien viaja observó que el uniformado agarró a un niño en las vías y lo trajo casi arrastrándolo hacia el grupo. Tenía cara de triste y no aparentaba tener más de diez años. Pero más allá de ello parecía ser sólo un niño de la calle como tantos en esa ciudad de pobres y ausentes.
Apenas miró a quien viaja, el pequeño se puso a llorar con ganas. Pero cuando se puso a gritar, el policía le pegó una cachetada tan fuerte que todos los que pasaban por allí se pararon a observar la escena. Por primera vez quien viaja se olvidó del robo del bolso.
Entre tanto los policías le sugirieron que no era necesario que se quedara más tiempo allí y lo invitaron a retirarse. Y antes que se marchara de la estación, el mismísimo comisario se le acercó y como si fuera un familiar cercano le prometió noticias por la tarde.
La ira dio paso a la tristeza. Que le hayan pegado a un niño era un atropello y ya en la calle reflexionó un poquito más sobre lo sucedido y el robo era ya un dato casi sin importancia para él.
Tomó un atestado bus que lo dejó en la calle Sudder de Chorwingee como una hora después. A tan sólo unos pasos estaba su albergue: el Army Salvation. Cuando se aprestaba a entrar por el portón del hostel de los misioneros sintió desvanecerse, una intensa fiebre se apoderó de su cuerpo.
Durmió muchas horas hasta que el sopor lo despertó. Calcuta a esa hora era un infierno de gente y calor. No sabía si era la misma tarde o la siguiente. Entonces como un sonámbulo se levantó y retornó como pudo a la estación
Volvió a aguardar en el mismo salón de espera hasta que el mismo policía que le pegó al niño se le acercó y le hizo entender con señas y tarzanescos vocablos anglosajones que tenga paciencia que el comisario ya lo iba a atender.
De pronto la puerta del jefe se abrió y una voz capitana le sugirió entrar : Camon!!! Camon!!!. Quien viaja se sentó frente a él y lo intimidó el grueso bigote negro del comisario. A pesar de su amplia sonrisa no le gustaban mucho los policías. Le traían malos recuerdos.
Durante un instante creyó que todos allí le estaban haciendo una broma pero el bigotudo, de pronto se agachó y sacó por debajo del escritorio un envoltorio negro. Lo puso sobre la mesa y quien viaja con asombro comprobó que allí adentro estaba su querido bolso. Lo abrió y chequeo todo su interior. Estaba casi todo.
“uear ar iu from?” preguntó curioso el comisario. “Argentina, sir”. Y el hindú de los bigotes volvió a esgrimir la amplia sonrisa del principio. ¡Maradona! dijo. Y quien viaja no sé por que recordó a la policía de su país, su accionar corrupto, la inseguridad de la gente y sin levantar la vista del bolso agradeció al indio, invitándolo a sacarse una foto con su cámara reflex recuperada.
“¿Pueden ponerse todos acá?- le dijo a la comitiva policial que como en un día de gracia rodeaban al comisario. “¿ y usted? a mi izquierda..por favor!!” le indicó al policía que cacheteó al niño aquella mañana. Lo encuadro cerca pero afuera del visor de la Nikon FM. Entonces sonrió y apretó el obturador, no quería llevarse ningún recuerdo de aquel bajito hombre bengalí."
Apenas miró a quien viaja, el pequeño se puso a llorar con ganas. Pero cuando se puso a gritar, el policía le pegó una cachetada tan fuerte que todos los que pasaban por allí se pararon a observar la escena. Por primera vez quien viaja se olvidó del robo del bolso.
Entre tanto los policías le sugirieron que no era necesario que se quedara más tiempo allí y lo invitaron a retirarse. Y antes que se marchara de la estación, el mismísimo comisario se le acercó y como si fuera un familiar cercano le prometió noticias por la tarde.
La ira dio paso a la tristeza. Que le hayan pegado a un niño era un atropello y ya en la calle reflexionó un poquito más sobre lo sucedido y el robo era ya un dato casi sin importancia para él.
Tomó un atestado bus que lo dejó en la calle Sudder de Chorwingee como una hora después. A tan sólo unos pasos estaba su albergue: el Army Salvation. Cuando se aprestaba a entrar por el portón del hostel de los misioneros sintió desvanecerse, una intensa fiebre se apoderó de su cuerpo.
Durmió muchas horas hasta que el sopor lo despertó. Calcuta a esa hora era un infierno de gente y calor. No sabía si era la misma tarde o la siguiente. Entonces como un sonámbulo se levantó y retornó como pudo a la estación
Volvió a aguardar en el mismo salón de espera hasta que el mismo policía que le pegó al niño se le acercó y le hizo entender con señas y tarzanescos vocablos anglosajones que tenga paciencia que el comisario ya lo iba a atender.
De pronto la puerta del jefe se abrió y una voz capitana le sugirió entrar : Camon!!! Camon!!!. Quien viaja se sentó frente a él y lo intimidó el grueso bigote negro del comisario. A pesar de su amplia sonrisa no le gustaban mucho los policías. Le traían malos recuerdos.
Durante un instante creyó que todos allí le estaban haciendo una broma pero el bigotudo, de pronto se agachó y sacó por debajo del escritorio un envoltorio negro. Lo puso sobre la mesa y quien viaja con asombro comprobó que allí adentro estaba su querido bolso. Lo abrió y chequeo todo su interior. Estaba casi todo.
“uear ar iu from?” preguntó curioso el comisario. “Argentina, sir”. Y el hindú de los bigotes volvió a esgrimir la amplia sonrisa del principio. ¡Maradona! dijo. Y quien viaja no sé por que recordó a la policía de su país, su accionar corrupto, la inseguridad de la gente y sin levantar la vista del bolso agradeció al indio, invitándolo a sacarse una foto con su cámara reflex recuperada.
“¿Pueden ponerse todos acá?- le dijo a la comitiva policial que como en un día de gracia rodeaban al comisario. “¿ y usted? a mi izquierda..por favor!!” le indicó al policía que cacheteó al niño aquella mañana. Lo encuadro cerca pero afuera del visor de la Nikon FM. Entonces sonrió y apretó el obturador, no quería llevarse ningún recuerdo de aquel bajito hombre bengalí."
©Marcelo Caballero
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